
Una serie de nuevos tormentos espirituales aquejan a la reducida sociedad pensante y los conlleva al desespero, debido a cuestionamientos fantasmales que los sacan de sus cabales buscando la paz; tranquilos pero intensos como “The Scientist” de Coldplay. Chinaski se queja de que lo tiene todo en esta vida para ser feliz, pero siente esa angustiosa falta de otras personas que piensen como él, almas gemelas, o al menos una. Yo me he sentido igual, por eso y más, él es mi amigo, una persona escasa con la que me puedo comunicar.
Por razones como ésta fui a parar a la iglesia universal de la Cienciología en Miami, en uno de los arranques en que algo allá adentro te dicta la evidencia que no todo está bien. Así llegué a la recepción de su sede en Coral Gables en donde me atendieron con cariño, luego me pidieron llenar un curioso cuestionario de 100 preguntas que evaluó al final un esmerado consejero que a su vez se sentó conmigo. Mientras él evaluaba el cuestionario, me puso a ver un dinámico video sobre la filosofía del movimiento creado en 1954 por L. Ron Hubbard, que no se lo creía ni Steven Spielberg, y como tenía suficiente tiempo libre en mi condición de semi-desempleado, ni me importó el período que estaba invirtiendo en esta aventura espiritual. Eso sí, me impacientaba el parquímetro.
A los 14 minutos vino el consejero con los resultados del cuestionario que contenía singulares preguntas que iban desde “ha sentido alguna vez la necesidad de matar a alguien?”, hasta “cree usted en platillos voladores?” o “alguna vez le ha propiciado dolor a un animal?”… De esta manera él detuvo el video que iba en el 70% y me invitó a su escritorio, evitándome un bostezo. Estoy jodido, era la respuesta más apropiada al análisis; el gráfico mostraba un descenso en la motivación y en mi personalidad que ya había detectado con ayuda del colegio, la universidad dos empresas donde trabajé, incluyendo un par de ex-novias; estoy muy jodido, ahora, gráficamente.
Me dijo: “eres como un carro de fórmula uno con motor perfecto, llantas perfectas y pintura nueva, que va corriendo a su máximo rendimiento, pero con la emergencia puesta”.
Jueputa! Eso sí era nuevo en mi lista de argumentos para el Prozac.
Esta fue otra búsqueda fallida por la paz de ese espíritu, como la Woody Allen buscando una nueva religión en “Hannah y sus Hermanas,” la que alguna vez me llevó de forma similar a las lecturas gnósticas en mi adolescencia, a devotas misas católicas sin ningún tipo de sacrificios, a los Scouts y a los grupos juveniles y por último, a un largo lapso de desconexión religiosa de todo tipo.
Lo más simpático de la solución que me propuso el mono zarco de acento sureño, fue el libro que pretendía venderme en US$ 60 sin nunca hablarme de los horarios de misa o del santo rosario para las abuelas, ni de las peregrinaciones a Hollywood en semana santa, ni menos de las visitas del arzobispo Tom Cruise. Yo sólo le respondí, que si tuviera sesenta dólares para invertirlos en un libro, ya me hubiera comprado seis de diez. Pero me regaló la gráfica, la tengo en una página del portafolio.
No te preocupes Chinaski, que evidentemente sí hay otra gente desesperada espiritualmente como nosotros, nada más que más jodidos y a la espera de que aterrice un platillo volador.