Era el comienzo de una nueva semana, 15 de septiembre. El tedio del día lunes no se hacía esperar, trataba de ganarle la carrera al tiempo para dar por terminadas las tortuosas diligencias de mi profesión en la dirección de impuestos de Medellín. Faltaban pocos minutos para el medio día, cuando una llamada de mi amigo Mauricio Grisales me comunicaba la trágica noticia como si fuera personal: Richard Wright, teclista de la banda de mis afectos Pink Floyd, había muerto de cáncer esa mañana en el norte de Londres.
Fue una dura noticia al igual que lo fueron la muerte de John Lennon, George Harrison, Freddie Mercury o Syd Barrett; el afán de mis diligencias no daba espera y solo tuve como respuesta “Gracias por avisarme, que pérdida tan grande”. El tiempo en la ciudad no rinde, salía de un lugar para dirigirme a otro lúgubre edificio de trámites públicos, mi teléfono volvía a sonar, Raúl Ayarza fue la segunda persona que llamaba a comunicarme la triste noticia. No habían pasado 30 minutos y Gabriel Posada desde Atlanta no podía faltar con su opinión ante este acontecimiento, hubo más llamadas durante el día y la semana, Lina García y Ramiro Mejía se unieron a la lista. Fue así cuando no tuve otra opción que tomar la odiosa “figura” de las comparaciones, para comparar la muerte de Wright con la última muerte de un pariente en mi familia; Había sido diferente con seguridad, quizá hubiera tenido que dejar a un lado mis trámites y diligencias para asistir a la ceremonia o al funeral y contemplar las duras escenas de mis familiares en su duelo.
Entendí en que radicaba la diferencia; mi día y mis trámites no cambiarían en lo absoluto por la muerte de un miembro de una banda de Rock que ocurría a millones de kilómetros de mi ciudad. No habría permisos para dejar de laborar y mucho menos unos cuantos segundos para lamentarlo. Lo inexplicable es que recuerdo que cuando murió mi pariente sólo recibí una llamada y ahora mi teléfono no paraba de timbrar.
Richard Wright nació el 28 de julio de 1943 en Pinner, Inglaterra. Hijo de Robert Wright, bioquímico jefe de Unigate Dairies y de una dama Galesa llamada Daisy, a quién debe su apoyo y confianza para aprender a tocar el piano de manera autodidacta. Conoció a Roger Waters y a Nick Mason en la Escuela Politécnica de Arquitectura en Regent Street, donde concluyó que la arquitectura no era lo suyo, acabando en el “London College Of Music”.
El sábado 2 de julio de 2005, gracias a la astucia de Bob Geldof, lo supuestamente imposible sucedió: los cuatro integrantes de Pink Floyd, un elenco de ególatras como alguna vez los definió el propio Nick Mason, se reunieron para una obra benéfica, el concierto “Live 8”, terminando fundidos en un abrazo que nadie esperaba, después de un concierto en el que Pink Floyd añadió el toque imprescindible de “novedad” a falta de tragafuegos o malabarismos personales todos se preguntaban ¿Por qué demonios se habían reunido?
Es así como a los románticos e ilusos del Rock, con la muerte de Wright, se nos esfuma la leve esperanza de volver a ver unidos a los cuatro arquitectos musicales. Es así como seguirá timbrando mi teléfono para recibir de boca de los amigos que vibran con el Rock, la nefasta noticia que aquellos creadores de la banda sonora de nuestras vidas, morirán, sin necesidad de ser parientes o amigos, de asistir a funerales o ceremonias, de perder el apetito o llorar… dejándonos un luto muy adentro del corazón.




Comparto el mismo dolor … que pena que se haya ido el mejor tecladista psicodelico , los escucho desde los 6 años y hasta hoy que tengo 18 Pink Floyd ha sido como mi inspiracion de vida
Por: Wilber el 4 Noviembre 2008
a las 9:24 PM